Siento mucho el retraso. He estado un poco liado y quería escribir bien este primer capítulo. Aunque está en su mayoría sin revisar, quería subirlo ya para no tardar más en postear algo, que ya hace mucho que no ponía nada. Espero que me disculpeis por los errores que puedan haber, en cuanto tenga una version corregida sustituiré esta. Mugras gracias! Espero que os guste!
El poderoso Gruutz apretaba con fuerza el mango de su temida hacha: Nash’Gar, que significa Destripadora de Dragones en lengua troll. Las esperas no eran algo que tolerase con facilidad, y ese canijo de Snarff ya lo había hecho esperar demasiado. En su gigantesco trono de calaveras, el imponente y despiadado líder de los trolls cavilaba como torturaría al estúpido goblin por tamaña insolencia.
Un ruido lo extrajo a al realidad. Las puertas de su cueva, que hacía las veces de sala del trono, se abrió de par en par, y un enjuto y lánguido ser corrió veloz hacia su señor, con terror en sus ojos, pero que no dejaba esconder el brillo de alegría en la mirada del diminuto chamán. Snarff conocía bien a su señor, pues de no ser así, hubiese acabado como los anteriores chamanes del clan: colgado de un estandarte a las puertas de la mazmorra, adornando el enorme trono de su señor, o como parte del estofado del día. Pero el goblin no había sobrevivido a su posición durante cuatro años por simple suerte. Sabía perfectamente que esta información bien podía valerle un puesto como segundo al mando.
-¡¡Snarff!!- gritó con furia el poderoso troll mientras se levantaba imponente en sus tres metros de altura.- ¡Maldita sabandija! ¡Hace una hora que deberías haberme informado! -Nash’Gar osciló cortando el aire y ahora apuntaba directamente al desdichado súbdito.
-¡Mi señor! ¡Os juro que la espera ha valido la pena! -grito el chiquitín para intentar hacerse oír ante los rugidos de su amo. – ¡Las estrellas se han alineado mi amo! ¡¡Es el momento!!
Gruutz palideció, y los soldados que se encontraban de guardia pensaron por un segundo que el poderoso rey de los trolls había muerto hechizado por el astuto chamán. Sin embargo, la carcajada de placer, orgullo y sed de sangre que soltó su señor mientras se desplomaba extasiado sobre su trono, los dejó a todos boquiabiertos.
-¡Al fin! ¡Adiós a estas apestosas mazmorras! ¡¡Venganza al fin!! – aulló pletórico mientras de un salto se incorporaba.
Había muchos preparativos que hacer y poco tiempo para actuar, pero Snarff lo sorprendió una vez más. Como as en la manga, el inteligente chaman había dispuesto todos los preparativos para el gran momento. Así podría suplicar a Gruutz clemencia en caso de que no le escuchase, pero en lugar de eso, le sirvió sobremanera para ganarse una vez más el respeto y la admiración de su señor.
-Buen trabajo mi leal vasallo. A pesar de tu tamaño me eres realmente útil, si todo sale bien, ten por seguro que recibirás tu recompensa, “amigo”. ¡Jajajaja! – Snarff se estremeció ante el tono de voz de su amo, pero sabía que sus palabras eran sinceras, y que su sed de sangre no demandaba la suya propia, sino la de sus más odiados y despreciados enemigos: Los hombres y los dragones.
Eldewing paseaba como cada tarde junto a su amada hija, la dulce Courne. Ambas acudían cada tarde a pasear por los jardines y campos cercanos a palacio, acompañadas por una pequeña escolta de leales caballeros y Ashalnazarien, la poderosa dragona de la reina.
Los rubios cabellos de Eldewing brillaban a la luz del sol, y su sonrisa inspiraba a todo aquel que la miraba. Sin duda, la opinión popular de que era la reina más justa y hermosa que jamás había tenido el reino de Drakonis no era solo un rumor, pues humanos y dragones la adoraban con devoción.
Aunque tenía un carácter divertido y alegre, la joven monarca sabía mucho sobre las tradiciones y la historia de Drakonis, y a pesar de que era de sonrisa fácil, su mirada fulminante atravesaba a cualquiera que osase tratar como simple cuento leyenda a cualquier hecho del pasado.
Su dragona, Ashalnazarien, a quien la reina llamaba con cariño Ashi, había estado con ella desde el día de su nacimiento, y su fidelidad era incondicional e imperturbable. Nadie que hablase mal de su hermana humana Eldewing era capaz de soportar el ardiente rugido de la poderosa criatura sin echarse al suelo a rogar perdón mientras la dura mirada y los afilados colmillos se apretaban con fuerza inspirando un terror espeluznante. Nada ni nadie era más importante para Ashi que su protegida. Su vínculo era tan fuerte que todos las admiraban pues no había pareja de humano y dragón en el mundo que se compenetrasen, entendiesen y protegiesen tanto como ellas.
Ambas amigas, paseaban alegremente por los campos de trigo que parecían un mar que las inundaba hasta la cintura. Mientras mantenían una interesante conversación acerca del banquete que aquella misma noche tendría lugar en el palacio, Eldewing acariciaba con la mano las espigas del dorado trigo mientras observaba atentamente a su hija que corría distraída. Ashi sin embargo volaba lentamente a ras de suelo, rozando el campo con sus garras mientras giraba y hacía piruetas. Los estoicos guardias avanzaban lentamente tras ellas, sin dejar de vigilarlas, aunque despreocupados, pues nunca pasaba nada relevante en aquellos paseos, por lo que se dedicaban a disfrutar del hermoso atardecer.
-¡Vamos escoria! Gruutz nos descuartizara si le fallamos
El pequeño chaman golpeó con su bastón al orco más cercano mientras los instaba a prepararse. Todo estaba ya dispuesto para la trampa, solo faltaba que sus habilidosas manos comenzasen a elaborar el hechizo decisivo para que su malvado plan diese resultado.
De su bolsa sacó lo que parecían patas de cuervo y unos ojos saltones que debían pertenecer a alguna alimaña extraña. Un poco de babas verdes y algunas patas de araña, y el goblin lo mezcló todo en saco de cuero negro que llevaba siempre consigo. Mientras lo agitaba enérgicamente pronunció las palabras del hechizo y una vez completado, una nube violeta lo envolvió a el y a los demás orcos y trolls que lo acompañaban.
Ahora solo el destino y la buena suerte podían ayudarles a completar su plan. Si todo salía como estaba previsto, el fin de los humanos y los dragones era inminente. No pudo reprimir un escalofrío de placer al imaginar su recompensa: esclavos humanos, mascotas dragones y muchos ingredientes mágicos muy poderosos que extraería de sus desdichados enemigos para poder aumentar sus poderes.
Ashi descendió y se colocó frente a la reina.
-¿Dónde esta Courne?- pregunto con un tono de voz bastante sospechoso.
Ambas amigas se giraron a un lado y a otro sin poder encontrar el rastro de la pequeña. A una orden de Eldewing, los guardias comenzaron a peinar la zona en busca de su hija.
-El aire ha cambiado amiga mía. Seres del pasado nos acechan. Debes volver a palacio, yo te llevare a Courne.
-No Ashi, es mi hija y no puedo dejarla aquí. Encontrémosla y corramos a casa, el tiempo no juega en nuestro favor.
De pronto, ante ellas apareció un enorme troll de dos metros, lleno de mugre y ataviado con una improvisada armadura compuesta por trozos de metal y madera. En sus manos una pesada porra de piedra y en la otra, atada con cuerda, la rueda de un carro. Sus ojos resplandecían teñidos por el rojo de la sangre que fluía por sus venas con rabia.
Una pequeña silueta apareció de repente sobre los corpulentos hombros de la criatura. Una toga deshilachada negra cubría el cuerpo del pequeño goblin que avanzaba lentamente apoyándose en su bastón.
-¡Salve reina Eldewing!- gritó el pequeño Snarff con su característica voz chillona- ¡Y salve también a ti Ashalnazarien, reina de los dragones!
El temible rugido de Ashí hizo al goblin tambalearse y a punto estuvo de caer al suelo, mas, seguro como estaba de su victoria, mantuvo la compostura. En cualquier otro momento, el goblin hubiese huido sin siquiera planteárselo, pero esta vez era diferente.
-¡¿Dónde esta Courne?!- rugió una vez más la poderosa reina dragón con todas sus fuerzas y mostrando sus poderosas fauces.
-Ese es el menor de tus problemas escoria.- El chamán metió su mano dentro la túnica y sonrió con una malicia que sorprendió incluso a Eldewing.- ¡Hoy concluye el reino del Dragón y el Humano! ¡¡Que de comienzo la era de la Oscuridad!!- Con una gran rapidez, extrajo la bolsa de cuero y la lanzó al campo. Una nube violeta los rodeó por completo en cuestión de segundos, mientras la risa del astuto chamán se escuchaba entre la espesa niebla.
Los guardias, desconcertados, comenzaron a dar vueltas en busca de orientación, cuando una tos bastante anormal se apoderó de ellos y, uno a uno, fueron cayendo al suelo. Todos menos uno: Godrik Dragonheart, es más fiel caballero del reino. Su espada fue desenvainada con presteza y en un momento se colocó junto a su amada reina para protegerla.
Dos trolls aparecieron entonces a su alrededor, seguidos una decena de orcos armados con lanzas y escudos de madera bastante rústicos.
-No hay tiempo que perder. ¡Debemos encontrar a Courne y salir de aquí cuanto antes!- Advirtió Ashi a sus compañeros.
-Llevaos a la reina, yo me encargaré de esta escoria. ¡Rapidó!- El poderoso escudo de Godric desvió una embestida de lanza, partiéndola por la mitad, mientras su espada osciló velozmente en el aire, cercenando de un tajo la cabeza del osado orco.
Con suma destreza, la reina montó sobre Ashi y ambas alzaron el vuelo para sorpresa de sus enemigos. Una vez en lo alto, observaron con miedo como la niebla se extendía por todo el reino hasta la enorme ciudadela.
-Aún no podemos partir amiga mía, ¡No sin Courne!- Las palabras de Eldewing eran verdaderas, y la noble dragona sabía que, sin Courne, ninguna de las dos sería capaz de regresar a palacio, por lo que decidieron hacer un barrido por el campo en busca de la joven princesa.
Snarff corrí veloz con su escolta de trolls y orcos protegiéndole. Pronto, la comitiva salió del campo de trigo y se escondió entre la maleza del bosque.
-¡Vamos gamberros! ¡Daros prisa! -gritaba el chaman a sus subordinados, que escarbaban en la tierra todo lo rápido que sus torpes manos les permitían. Del suelo, los sucios guerreros sacaron una especie de tridentes, pero hechos de hueso. Hueso de dragón.
Solo cinco orcos pudieron portar las extrañas armas, mientras uno de los trolls se ataca a la mano una mandíbula enorme que le abarcaba casi todo el brazo.
-Bien muchachos, conocéis vuestro cometido. ¡Adelante! Y no volváis sin buenas noticias o seréis mis próximos conejillos de indias. La voz del goblin dejaba ver la impaciencia y la emoción que se apoderaban de el. Todo estaba saliendo a la perfección.
Ashalnazarien dio un tercer rodeo, y esta vez sí que encontró a la joven princesa tendida en el suelo junto al bosque. Al parecer estaba inconsciente, por lo que la noble dragona descendió en picado y se colocó junto a Courne.
Eldewing descendió de un salto y abrazó a su hija con los ojos empañados por las lágrimas de alegría. ¡Su pequeña estaba viva! Sin perder un segundo se levantó y dispuso a montar sobre Ashi, pero era demasiado tarde. Una vez más, los despiadados enemigos las habían rodeado, y su poderosa amiga se batía en duelo con un troll enorme y dos orcos que portaban armas muy extrañas.
La reina retrocedió como puto, intentando proteger a su querida hija, segura de que un troll y un par de orcos eran poca cosa para Ashi. Convencida de la superioridad de su amiga, y de la ineptitud e incompetencia de los monstruos, Eldewing se confió por primera vez en mucho tiempo.
-¡Cuidado mi señora! ¡Detrás de vos!-Los gritos de advertencia de Godric sonaron a su espalda, mas la reina solo pudo girarse para observar consternada como uno de los tridentes de hueso la golpeaba en el rostro.
Courne salió despedida contra el suelo. El golpe contra la tierra la hizo recobrar la consciencia a tiempo para observar como dos garras se abalanzaban sobre su madre mientras esta la miraba con el rostro ensangrentado y le gritaba algo que la joven fue incapaz de escuchar.
La imagen atravesó el corazón de la princesa. El dolor se hizo casi tan insoportable como el que sentía Ashi. Mientras Courne quedaba paralizada e inconsciente por el shock, la fiel dragona rugió de dolor al sentir como su corazón se resquebrajaba. De un mordisco arrancó el brazo de su enemigo troll, el cual, aterrorizado, huyó junto con los orcos que le acompañaban en dirección al bosque. Mas no era tiempo de persecuciones, Ashalnazarien saltó y se colocó junto a su más intima amiga, y junto a ella permaneció en sus últimos segundos de vida, a tiempo para escuchar las últimas palabras de la reina más justa y hermosa que jamás había tenido el reino de Drakonis.
-Protege a mi pequeña Ashi, no dejes que caiga conmigo hoy… debe aclarar todo este incidente… el destino del reino está en sus manos… hasta siempre… hermana…- Godric llegó justo a tiempo para escuchar también a su soberana. Impotente como se sintió no pudo mas que gritar de ira y golpear con su espada una de las armas que los orcos habían dejado en el suelo.
Ashalnazarien sin embargo, permaneció observando como las fuerzas de su amiga se desvanecían, en silencio pero destrozada en su interior. Le habían arrebatado a su señora, su más fiel amiga, y sobretodo la razón de su existencia.
-No hay tiempo Ashi, los trolls volverán enseguida. ¡Tenemos que sacar a la princesa Courne de aquí!- las palabras de Godric golpearon de tal manera a la dragona que esta volvió a la realidad.
Levantándose pesadamente, como si le costase siquiera mover los músculos. Se acercó a la joven princesa y la tomo entre sus fauces con sumo cuidado para no lastimarla, pues era la manera más fácil de llevar a la pequeña, ya que sus garras eran demasiado grandes para sostenerla sin hacerle daño.
-Vuela al castillo todo lo rápido que puedas, hay que visar al rey de…- las palabras del caballero se perdieron a la vez que los gritos consternados de los guardias se alzaban furiosos.
-¡Maldita dragona! ¡¡Has matado a la reina!!- Conmocionados, Godric y Ashi se giraron en dirección al cadáver de su soberana, y observaron con sorpresa como los guardias alzaban sus lanzas y cargaban contra ellos.
-¿Estáis locos? ¿A que viene todo esto?- protestó el humano, a tiempo que un codo golpeaba su rostro y lo hacía caer al suelo con la nariz rota.
-¡Silencio traidor!- le espetó el soldado que acababa de golpearle- ¡Intenta devorar a la princesa! ¡Hay que detenerla!.
Ashi buscó en silencio la mirada de Godric. Cuando ambas se encontraron, el caballero pudo escuchar la voz de la dragona que le hablaba, mas los guardias tan solo fueron capaces de oír rugidos y ronroneos.
-Ha llegado mi hora fiel caballero. El velo de las sombras ha caído, el mundo va a cambiar y me temo que nuestras razas van a salir muy perjudicadas.- Ashi consiguió ahogar un grito de dolor cuando una lanza atravesó su pecho- Huye Godric, salva a mi gente, y reúne a todos aquellos capaces de ver la verdad… y porfavor, protege a Courne por mi.
Finalmente, los guardias consiguieron reducir a la legendaria bestia. Tan solo porque Ashi había aceptado su destino y prefirió la muerte a vivir con el pesar de no haber sido capaz de proteger a su adorada Eldewing.
Los guardias festejaron su victoria y recogieron a la pequeña princesa. Mas cuando se dispusieron a arrestar al traidor de Godric, este ya había huído, aunque en realidad se encontraba muy cerca observando con terror como sus compañeros atacaban con la mayor de las dragonas y festejaban su caída golpeándola e insultándola.
-¡Ya no eres tan fuerte bestia traidora! ¡Donde está tu fuerza ahora sabandija!- decían mientras reían y atormentaban el difunto cadáver de Ashalnazarien.
Mucho costó a Godric no salir de su escondite y acabar con los despiadados guardias, pero tenía cosas que hacer. Aunque no pudo recuperar a la princesa, pensó que ya habría tiempo de ello. Al fin y al cabo, Courne había sido testigo de todo y estaba seguro de que era algo que no olvidaría jamas.
Sin pensarlo mucho, el fiel caballero corrió de vuelta a la ciudadela. De seguro la guardia iría a por el y su familia en cuanto se conociese la noticia de lo acontecido aquella tarde. Debía avisar a sus seres queridos y a sus más fieles amigos antes de escapar de Drakonis.
Había llegado el fin de una era de paz. La guerra era inminente, pero sin embargo, lo peor de todo era que esta vez, el orgullo humano condenaría a su raza. Godric lo sabía, y por eso debía actuar para impedir que las consecuencias fuesen irreversibles.
En su trono de huesos, Gruutz escuchaba con deleite la historia que su fiel chamán le relataba. Todo había salido a la perfección. Tantos años de espera habían dado por fin sus frutos. Ahora solo tenía que esperar y observar como humanos y dragones se aniquilaban entre ellos.
Las carcajadas del señor troll resonaron por toda la mazmorra. Y aunque aquella noche hubo una gran fiesta para celebrar la victoria, Snarff no estaba tan convencido de que todo fuese a salir bien.
Uno de los incompetentes orcos había dejado atrás su tridente y el troll había perdido media mandíbula en el combate con Ashalnazarien. Sin embargo, la astucia y los sorprendentes poderes del chamán le habían permitido convertir a los seis desdichados en unos cerdos grandes y gordos. Con suerte el banquete estaría preparado antes de media noche, y entonces no quedaría ningún testigo. Si Gruutz se enteraba de que quedaba ese pequeño detalle por resolver, el pequeño goblin sería ejecutado antes de poder dar una explicación convincente.
Una vez terminado su relato, Snarff descendió a sus aposentos y ser relajó en su camastro. Poco tardó en llegar un guardia a avisarle de que la cena estaba lista, y de que Gruutz lo requería junto a el en el banquete.
-Gracias a las Sombras que los trolls piensan con el estómago- pensó mientras se levantaba, contento de saber que ya nadie podía delatarle.
Ais, me enamora tu forma de escribir. Sigue con la historia porfavor!