Bueno, aunque haya sido muchísimo más tarde de lo que dije, he concluído este capítulo. La tercera parte marca el final de “Traición, Piedad y Redención”, aunque quizas lo modifique cuando tenga tiempo para revisarlo.
Espero que os guste y os pido disculpas por haber tardado tanto. Ya sabéis que soy un desastre con el tiempo jeje
PD: Alomejor me ha quedado un poco Gore, espero que no os desagrade.
Suerte a todos y gracias por leer! ^^
Günther tuvo que cubrirse el rostro ante el horrendo espectáculo que brindaba el interior de la casa de los Müller. Un manto de sangre cubría todo el suelo del recibidor, mientras que en las paredes estaban dibujados los símbolos del Dios de la sangre, Khorne.
El sacerdote aferró con fuerza su martillo y avanzó con sumo cuidado hacia la cocina, pues una fuerte luz venía en aquella dirección. Fue a escasos metros de la puerta, cuando se percató de que los llantos de un niño rompían el silencio.
“Esta perversión no tiene precedentes, deben ser purgados todos” pensó para sí el fiel devoto de Sigmar, mientras entraba con cuidado a la cocina.
La estancia no ofrecía un aspecto mejor que el resto de la casa. Un reguero de sangre discurría por todo el suelo, por las paredes, e incluso goteaba desde las maderas del piso superior. Las mesas y sillas, donde hacía dos días había compartido un almuerzo con los señores de la casa, estaban destrozadas; los cubiertos y la vajilla, rotos, esparcidos por el suelo, empapados en el líquido rojo.
La fuente de luz y los llantos provenían de una trampilla en el suelo, que daba a unas escaleras. La memoria de Günther no la recordaba, pues, en su visita anterior, había estado oculta por una alfombra roja, adornada con el águila imperial en un dorado hermosísimo.
Aunque el sacerdote guerrero hizo todo su esfuerzo por avanzar con el máximo silencio, no pudo evitar que la madera se quejase a cada paso, delatándole. El roce de las piezas de su pesada armadura también resultaba bastante ruidoso, por lo que finalmente pensó que sería lo mismo avanzar con o sin sigilo.
Tomó el mango de su martillo con fuerza y aligeró su paso por las escaleras que conducían al sótano. En cuestión de segundos se halló en el umbral de la estancia y observó con horror la depravante imagen que se le ofrecía.
La familia Müller estaba al completo: madre, padre e hijo. Ninguno de ellos llevaba nada de ropa, cubriéndose con la sangre que llenaba el suelo de la habitación con una altura de palmo y medio.
El pequeño Rowan estaba tirado en el centro, rodeado por unas velas negras y lloraba desconsolado mientras su madre lo abofeteaba y se reía.
-¡Llora! ¡Llora maldito! ¡Al lugar donde irás te harán cosas muchísimo peores!
John disfrutaba del espectáculo riéndose a carcajada limpia, consciente de la presencia del sacerdote guerrero, saboreando la consternación reflejada en su rostro. Sin embargo, tras unos segundos, que parecieron minutos al honorable guerrero, ordenó a su esposa que se detuviese.
Ambos se encararon al sacerdote con sonrisas perversas en sus rostros manchados y continuaron provocándolo con un beso de lo más obsceno. Sus manos se apretaban y arañaban, como si estuviesen envueltos en un éxtasis de placer carnal.
-Ven amigo, únete a nosotros y disfruta de las mieles que tu castrado Dios te niega. -El granjero lo observaba con perversión, consciente de que sus palabras eran más dolorosas para el paladín que cualquier golpe físico.- Mi mujer sabrá complacerte, créeme…
Margaret se separó de su esposo y se encaró a Günther, mordiéndose el labio inferior mientras lo observaba con deleite y comenzaba a moverse hacia él.
-Nos divertiremos mucho ¿verdad Günther?- A cada paso, la hermosa granjera contoneaba su esbelto cuerpo, de manera quizás un tanto exagerada, con el único objetivo de tentar al guerrero; convencida de que sus dotes como seductora eran infalibles y funcionarían al igual que con sus criados- Jamás en toda tu vida habrás…
La poderosa maza del sacerdote se descargó en un abrir y cerrar de ojos contra la cabeza de la mujer, convirtiéndola en una masa deforme que se estrelló contra el extremo derecho de la habitación.
La risa de John rompió el momentáneo silencio.
-Era prescindible -comentó con indiferencia- su sangre servirá como sacrificio y el poder que el Dios de la sangre nos prometió será solo mío. Me has hecho un favor sacerdote, hubiese sido una molestia tener que manchar esto.- de una mesa cercana el hereje tomó un cuchillo de hueso muy afilado.
-Pagarás por tus pecados como ha hecho tu esposa. Arderéis en las llamas sagradas antes de lo que crees.
-¡Jajaja! Te equivocas una vez más estúpido- En un rápido movimiento John tomó al bebe con su mano izquierda y lo alzó, colocando su rostro a escasos centímetros del cuchillo.- Llegas tarde.
En un feroz movimiento, cuatro heridas marcaron para siempre el rostro del pequeño Rowan, simbolizando la marca de Khorne.
Con una risa esquizofrénica y enloquecida, el depravado granjero arrojó al pequeño contra Günther, el cual, haciendo muestra de unos increíbles reflejos, tomó al pequeño con un brazo antes de que cayese al suelo.
El cuerpo de John Müller comenzó a convulsionarse de forma brutal. Sus articulaciones se torcían y contraían en formas imposibles, mientras su risa se deformaba entre aullidos y gritos. Su masa corporal comenzó a aumentar de manera salvaje.
-El poder… ¡Siento el poder! ¡Estáis perdidos humanos!- La voz de la criatura sonaba con un eco demoniaco que hacía temblar los cimientos de la casa.-Pronto seré un señor de los demonios ¡ungido por el mismísimo Khorne!
Sin embargo algo fallaba, y los dos contendientes se dieron cuenta al instante. La transformación del granjero no se asemejaba a un demonio, sino más bien se tornaba en una disformidad caótica y sin sentido. Su mano izquierda se había convertido en una boca rodeada de afilados colmillos, y su brazo en un apéndice largo y flexible. Sus pies habían desaparecido y ahora se apoyaba sobre lo que era su cuerpo, una masa amorfa de carne, sangre y piel rasgada.
-¡No puede ser! ¡El ritual era perfecto! No… pu…- Los gritos de la bestia se convirtieron en gruñidos y sonidos guturales.
El paladín corrió escaleras arriba con el pequeño Rowan en brazos, consciente de que el pequeño era la clave de aquella transformación. Mientras la casa se tambaleaba y las maderas comenzaban a ceder, Günther saltaba y esquivaba cada obstáculo con la destreza suficiente para no tropezar, mientras los rugidos y golpes de la criatura lo seguían de cerca.
Una vez fuera, los restos de la guardia que había acudido a la granja esperaban en formación, protegiendo el cuerpo inconsciente de su comandante. Cuando vieron aparecer al sacerdote guerrero los espadachines corrieron en su escolta, mientras la hacienda de los Müller terminaba de derrumbarse.
Los suspiros de alivio y los vítores duraron poco, pues, tras una explosión de sangre que hizo volar por los aires piedra y madera, de los escombros salió el enorme engendro del caos.
La escuadra de espadachines fue la que primero vio la marca sobre el rostro del niño, y con un terrible miedo se frenaron alrededor del sacerdote.
-¡Ese niño está marcado! ¡Acaba con él o la bestia nos devorara a todos!-gritaban los aterrorizados soldados.
Sin embargo Günther hizo caso omiso de ellos y les ordenó que formasen a su alrededor, mas el temor de los supersticiosos guerreros obligó al sacerdote a repetir su orden tres veces más sin ningún resultado. La bestia se acercaba hacia ellos, el miedo bloqueó sus mentes y lo único que pudieron hacer fue correr, dejando solo al noble paladín de Sigmar.
-¡Avanzad hijos del Emperador!-la voz de Stefan era ahogada, pero su grito envalentonó a los lanceros, alabarderos y arcabuceros que esperaban en la retaguardia protegiéndole.- Llevadme allí y luchemos por Sigmar hasta que la muerte nos reclame. ¡Luchemos y muramos con honor! ¡Como verdaderos hijos del Imperio!
Sus palabras avivaron el valor de sus corazones. Cuatro soldados agarraron al malherido Stefan y lo llevaron en peso. La comitiva avanzó con decisión y rodeó a Günther, quien había colocado al niño inconsciente en la hierba y estaba arrodillado rezando a su Dios Guerrero.
Stefan y sus cuatro ayudantes se colocaron en círculo alrededor del pequeño y comenzaron a seguir las oraciones del sacerdote. Entre los seis entonaron fuertes cantos que hicieron que una luz dorada brillase a su alrededor.
Las miradas del comandante imperial y de Günther se cruzaron y ambos sonrieron. Siempre habían pensado que de morir, ambos lo harían juntos en el campo de batalla, y, de hecho, aquello les alentaba, pues para ambos era un honor combatir y caer junto al otro.
La bestia arremetió contra la primera fila de lanceros, pero su carga fue rechazada por una barrera invisible. Sus miembros alargados y cargados de pinchos y colmillos se abalanzaron sobre los soldados, pero éstos pasaron etéreos entre ellos atravesándolos sin peligro.
Los atónitos combatientes se miraron y comprendieron casi al instante la razón de aquella extraña protección. En un momento todos estaban arrodillados, orando en voz alta, al unísono.
La bestia gruñó y rugió con desesperación mientras su forma material comenzaba a desvanecerse. Mientras, el rostro del bebé que había frente a Günther brilló con una luz plateada y sus heridas cicatrizaron en un instante.
Con los primeros llantos del pequeño Rowan, el reducido grupo de Gotland fue consciente de que la terrible bestia había desaparecido por completo.
Todos lo celebraron. Los gritos y vítores de alegría llenaron el aire, pero, había algo que aún atemorizaba a los soldados. El pequeño tenía en su rostro la marca del Dios de la Sangre y para todos eso era un mal presagio y un signo de herejía.
Sin embargo, Stefan y Günther defendieron al pequeño, y aunque todos los allí presentes deseaban acabar con él, los dos amigos tenían una perspectiva diferente.
La piedad llevó sin duda a que aquel pequeño pudiese demostrar a todos los allí presentes, a todos los que cuestionaron su fe y su derecho a la vida, a observar con orgullo y humildad como su redención ayudó a las buenas gentes y condenó al mal donde quiera que iba.
Rowan “el Ejecutor”, nació aquel día, con Stefan Engels y Günther VonGotland como tutores a la vez que padres.
Este fue el inicio de una de las grandes leyendas de la historia Imperial.