Hace mucho que no colgaba nada nuevo, pues no he tenido animo de escribir. Sin embargo me he propuesto retomarlo y continuar con las historias que tenía por aquí pendientes, así que espero no volver a haceros esperar demasiado. Disculpad mi ausencia. Espero que os guste la primera parte del segundo capítulo de Drakonis. ¡Un abrazo!
La joven princesa Courne bostezó con pereza cuando su haya entró en sus aposentos, descorriendo las enormes cortinas con energía.
Instintivamente, la perezosa monarca se cubrió entera con las mullidas mantas y sábanas, para evitar que la luz del sol la desvelase. Mas su institutriz, como prácticamente cada día, no tardó en tirar de ellas y dejarla al descubierto, provista solo de un ligero camisón de seda.
-¡Arriba mi señora! Vuestro padre os requiere vestida y aseada en la sala del trono con urgencia.- dijo la anciana Gissela con su voz dulce y melodiosa- Estaba muy excitado, por lo que debe tratarse de algo importante. No conviene hacerle esperar.
La hermosa Courne se desperezó al tiempo que se sentaba sobre la cama. Su cabello enmarañado y sus ojos rojos le daban un aspecto de lo más gracioso, y nada acorde con su posición como princesa del reino.
A un par de palmadas del haya Gisella, un séquito de sirvientas entró en la habitación, cargadas con las sedas más exquisitas, varios paños y un pesado cuenco de agua cristalina.
La joven princesa se levantó y extendió sus brazos hacia los lados automáticamente, acostumbrada ya por años de monotonía. Sus sirvientas comenzaron a revolotear a su alrededor, aseándola rápidamente, pero con mucho cuidado.
La anciana la observaba con rostro serio, como cada día, mas hoy su mirada tenía algo diferente. Era como si un gran pesar la atormentase por dentro.
Courne deseó hacer a un lado a sus siervas y abrazar a su haya, pues era como una madre para ella. Sin embargo desechó la idea, pues en ese mismo instante su querida Gissela se dio cuenta de que la observaba con preocupación y sonrió con ternura, disipando aquella aura pesarosa instantáneamente.
Todo transcurría como cada mañana. La joven princesa se hallaba aseada y casi vestida cuando de repente llamaron a la puerta. Gissela se giró contrariada y envió a una de sus ayudantes a atender a quien quiera que fuese.
-¡Malditos impacientes! Creen que preparar a una perezosa marmota para que parezca una princesa es tarea fácil. –dijo sonriendo a su quería Courne, que tomó el comentario con humor y rió divertida.
-¡Si mi padre te escuchase te enviaría a fregar toda la cocina!
-¡Ya lo hace aún sin oírme!- las dos amigas rieron a carcajada limpia, acompañadas por las sonrisas de quienes las rodeaban.
La diversión cesó cuando la sirvienta volvió con el rostro blanco, pues la aterraba dar malas noticias a la temperamental anciana. Gissela la observó con el ceño fruncido, esperando que comenzase a hablar.
-E… es un soldado miladi, dice que necesita hablar con vos urgentemente.- El sudor comenzaba a correr por la frente de la chiquilla- Le he dicho que estáis ocupada pe… pero… insiste en que desea hablar con vos urgentemente.
La anciana rabiosa dio órdenes a sus ayudantes para que terminasen las tareas sin ella y salió por la gran puerta de madera blanca. La joven sirvienta suspiró aliviada al no haber sufrido ella la ira de la institutriz. Pobre soldado… ¡no sabía la que le iba a caer encima!
Courne observó en silencio como su querida haya dejaba la habitación con gesto furioso. Y se percató del cambio su rostro al ver quien se hallaba fuera, antes de que la puerta se cerrase. Aquello no era normal. ¿Un simple soldado había calmado o incluso intimidado a la estricta anciana?
La impaciencia de la princesa aumentaba por segundos, pues jamás había visto a Gissela calmarse y palidecer ante nadie, ni siquiera ante su propio padre.
Pronto la anciana volvió con el rostro lívido y conteniendo las lágrimas. Una furia sin igual se apoderó de ella ¿Quién osaba hacer llorar a su querida Gissela? Sin pensar y devorada por una ira irracional, Courne apartó de un manotazo a la sirvienta que intentaba abrochar la manga derecha de su vestido y salió como una tormenta al pasillo. El soldado aún caminaba por el lentamente.
-¡Soldado!- gritó con autoridad- ¡Detente inmediatamente!
El soldado obedeció y se giró firme, haciendo el saludo marcial, como era costumbre en presencia de los monarcas.
Gissela estupefacta salió corriendo tras Courne para reprenderla hasta que vio la escena. Su pequeña avanzaba presa de la ira en dirección al soldado que esperaba firme en medio del pasillo. Aquello no era bueno… Las lágrimas comenzaron a caer por su anciano rostro, incapaz de contenerse por más tiempo.